27 de septiembre de 2013

La Chicharra: de periodismos (otras yerbas) y otros males

Diez segundos no alcanzan para hacer mucho, pero sí para matar. Para matar un policía, por ejemplo. Te consigues un fierro y listo. Te contratan, te adelantan la mitad del botín por tu valentía, y con una simple acción de inteligencia, el ser que estorba a alguien está marcado y próximo a desaparecer. El día final y un disparo. Sicario y víctima. Frente a frente. En diez segundos o menos. Total, la policía llegará al lugar del crimen en 8 minutos, en el mejor de los casos. En 8 minutos ya puedes estar a kilómetros, dispuesto a cobrar lo que te falta del trabajo y planificar el siguiente golpe. Ya está: muerto.


Vicente Chambón, una de las mejores representaciones que se hizo de un personaje dedicado al periodismo.

Así lo pensaste, amigo. El policía no tenía la culpa. La víctima no era él, en realidad. Lo mataste pero era la persona menos involucrada en esto. Su mala suerte consistió en cruzarse en el camino de otro, de otro más poderoso. Se jodió. Total, tus hijas y tu madre necesitan comer. Y si no matas qué haces. ¿Trabajar? De qué. Con antecedentes penales no te aceptan. Sabes que no. ¿Ser estibador, cobrador o cargador? Eso no va contigo. ¿Trabajar mucho para ganar poco? No estás acostumbrado a eso. Y no lo harás, al menos hasta que te jubiles. Todavía tienes tus años.

La policía ya debe de estar por llegar, los periodistas y todas las mierdas de siempre. Los que se creen héroes. ¿Héroes de qué? Ya hay una persona muerta. No la resucitarán. Ellos tampoco entienden. Nunca intentaron hacerlo. Tú no eres un sicario común, tú eres un padre de familia.

Quince minutos después del crimen, efectivamente, llegó la policía a averiguar el crimen. (Solo lo harán si  les conviene). La antes desapercibida picantería de San Juan de Miraflores en la que se había cometido el asesinato del día, ahora era la estrella de los reflectores. Sin embargo todos los saben: los asesinatos en Lima no solo reflejan lo precaria de nuestra seguridad, también dan portadas. A la gente le gusta, siempre y cuando no sean las víctimas.

Una buena foto, mucha sangre en el texto y una bailarina al costado son los ingredientes perfectos para la portada que se mostrará en el quiosco. Y qué cocinero más ducho que Ernesto, redactor de calle, experiencia, contactos y sueños frustrados. Ernesto es lo que en una redacción se conoce como un dinosaurio, un tipo de años, que ha vivido y conoce la calle. Ciertamente su vasta experiencia en el periodismo empezó a muy corta edad, cuando aun, indeciso, se cuestionaba si el periodismo era la profesión que desarrollaría para toda su vida. Toda la vida.


Descripción gráfica


Ya en la secundaria había aprendido a diferenciar la prensa objetiva de la sensacionalista. Eran años crudos para la democracia peruana a causa del autogolpe de Alberto Fujimori, en los que decidir estudiar periodismo y, peor aún ejercerlo, era sinónimo de desprestigio. A diario las portadas exhibían la mierda con la que estaba (está) hecha la sociedad, con sus excepciones de siempre, claro. Las buenas redacciones, y más difícil aún las buenas facultades de Comunicación, estaban abandonadas o, en su defecto, poco a poco cada vez más infectadas por los brazos de la corrupción.

Con las líneas editoriales tomadas, los dueños de los medios aliados al sistema corrupto y los grupos económicos dispuestos a tumbarse a cuanto redactor caprichoso dé gritos de libertad; 'Neto' sabía que, como en la vida, ingresar era fácil, pero mantenerse y luchar sería el reto. Mantenerse y luchar; luchar bajo los ideales que te enseñaron en tu vieja facultad y a los cuales no podías decepcionar. Algo tendrías que haber aprendido.

La juventud, vieja traicionera, te las jugaría de nuevo. Añádase la inexperiencia, el pago de derecho de piso y la minúscula presencia de un joven aspirante a periodista reconocido y respetado para que sepas que puedes proponer pero no decidir. Derecho a voz, pero no a voto. El medio no es tuyo, amigo. Tu nota le puede gustar a tu editor, pero no así al director adjunto o al editor general. No va, te dijeron muchas veces. Cómo puedes escribir sobre el precio del petróleo, si el director es dueño de una cadena de grifos. Tu texto no va, ya compraron el espacio. Estás chocando con la empresa que paga publicidad. ¡Cambia de tema! Busca en internacionales, ahí encontrarás temas para llenar hoja, eso le gustará al director, te repitieron.  

El periodismo de José Carlos Mariátegui, Jorge Basadre o Luis Alberto Sánchez estaba en distancia a décadas, pero a años luz de calidad con el que se daba al público todos los días. No había de otra. Si no escribías, ¿para qué estudiaste? ¿Cuál es la siguiente víctima? Perdón, no escuche. ¡Andrade!, el gordo quien desde su sillón quiere hacerle la lucha al chino. Búscale otro adjetivo para mañana. Se acercan las elecciones y el desprestigio debe continuar.

¡Vendimos récord y al jefe le gusta! Hay que seguir con el tema, balbuceó en la última reunión el editor. Claro, como él no es que escribe y no tiene que colocar su firma. ¿Y tú, redactor? ¿Estabas conforme? Sin duda no. No era lo que esperabas: escribir sí, pero no esto. ¿Qué otro camino? El negocio familiar, se podría repotenciar. La economía pasa por altos y bajos, luego del shock los rezagos continúan, pero se puede tener esperanzas. Perú, país de las esperanzas que resucitan. 

Los días, las semanas y los temas pasan pero no los dueños que contribuyen a formar la opinión pública en los peruanos. Eso lo sabías, pero qué podías hacer. ¿Acostumbrarte? Quizá con un nuevo gobierno. Salió el chinito, llegó el cholo, luego el criollo y ahora el nacionalista, pero no pasa nada. Se critica a las autoridades, pero no al sistema. Esa es la consigna, ¿no la leíste? Está en el 'Manuel de Estilo'.


Chino, Cholo, Criollo, Naciona... perro, gato, rato. 

Podrá volver la democracia al país, se volverá a ir, claro, pero no la función social de los medios. Generación tras generación fue así. No lo olvides, eres el sueño de mamá y papá. Esa noche, cuando llegaste al diario y te comisionaron a cubrir el asesinato del policía, con más de 20 años contando este tipo de historias, ya conocías la rutina que vendría. Hablarían los testigos, los presenciales y los que se imaginaron el hecho; la policía, con fe, capturaría al sicario, pero no al responsable, al que los amigos abogados conocen como el autor mediato, y la portada del día siguiente tendría los ingredientes perfecto para las ventas, pero ¿qué cambiaba? Cuántos asesinatos más tendrías que cubrir en lo que resta del año. ¿Alguno valdría la pena?

Volvemos a especular, Ernesto.

La profesión te había enseñado a cubrir todo tipo de notas, golpes, triunfos, ¡Cienciano campeón de la Sudamericana! (tremenda borrachera la de entonces) y también despidos. De los jóvenes, sobre todo. Si algo tiene el periodismo es la inestabilidad, les habías advertido a los jóvenes, pero no se entiende, el que nace para esto, ahí se queda. “Una vez más en la calle”, no es una frase novedosa para los que se acostumbran a esta vida.  


Se van a cumplir 10 años de la obtención de la Copa Sudamericana por parte de Cienciano. 10 años, carajo.

Esa noche, la del asesinato, Ernesto llegó a la picantería con la vieja libretita de notas hambrienta de historias de siempre y de sangre. Lima puede ser sucia, pero jamás aburrida. Violaciones, atropellos, asesinatos; nunca falta nada para llenar hojas. ¿La misma huevada mañana? Sí, seguramente, te respondiste. 

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El texto, líneas arriba, fue un trabajo para un taller de redacción. 
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