13 de enero de 2018

"Universitario de Lima: Una experiencia fantástica", por Ángel Cappa

Apertura del 2002. Ángel Cappa (Argentina, 1946) es el técnico de Universitario de Deportes, equipo con el que pasó “esos seis meses infinitos” de peripecias, golpes anímicos, situaciones increíbles… Las siguientes líneas, además de otro texto acerca del peso de la camiseta de Universitario, fueron escritas por Cappa en su libro ¿Y el fútbol dónde está? (Peisa, 2004), sobre esa angustiante campaña, que, después de todo, tuvo un fantástico final: el campeonato, en finales definitorias contra Alianza Lima… contra todo y contra todos.

Abrazo triunfal entre Ángel Cappa y Roberto Molina. 
*
Universitario de Lima: Una experiencia fantástica

“Nunca nada importa tanto como tomar partido a favor de un sueño”
ARIEL SHER

Era el último partido del torneo Apertura 2002 en Perú. Universitario, que yo dirigía, y Alianza Lima empatábamos en el primer puesto. Nosotros jugábamos contra Melgar de Arequipa y ganábamos 4 a 2 en tiempo de descuento. En Sullana, en tanto, Alianza Lima enfrentaba a Alianza Atlético de esa ciudad y yo no sabía cómo iban, aunque sospechaba que la cosa nos era favorable porque estaba rodeado a fotógrafos, cámaras y micrófonos. Si Alianza no ganaba, éramos campeones.

De pronto vea a Fatiga Russo que viene hacía mí, con los ojos empapados y los brazos abiertos.

- Terminó allá, Ángel, somos campeones –me dice.

Nos abrazamos emocionados y en un segundo había como 50 personas gritando alrededor nuestro la euforia del título. Inclusive entraron a la cancha, levantaron en andas a los jugadores y obligaron al árbitro a terminar el partido.

Yo no quise que nadie me viera aflojando y me fui al vestuario. Allí estaba solo, sentado con la mirada perdida y recordando todo lo que habíamos pasado en esos seis meses infinitos, cuando veo entrar a Chemo del Solar, demasiado serio y sereno, teniendo en cuenta la circunstancia. 

- ¿Qué pasa? –le pregunté sorprendido. 
- Ganó Alianza –dijo–. Tenemos que jugar finales.

Alguien que estaba escuchando el partido de Alianza Lima por radio creyó oír que había terminado empatado y desató la falsa alegría que nadie pudo controlar por varios minutos. Pero resulta que no, que en el último minuto del descuento en Sullana hubo un penal para Alianza Lima, que convirtió, de modo que terminamos igualados. Habría finales y parecíamos estúpidos cantando, emocionados sin motivo, sintiéndonos campeones antes de tiempo.

Inclusive un miembro del cuerpo técnico de Alianza se lo dijo con sorna a un periodista:

- ¿Cómo van a ser campeones estos tipos si dieron la vuelta antes de tiempo? Ni la radio saben escuchar.

El mazazo fue terrible. Otro golpe anímico brutal para un grupo que había soportado situaciones increíbles para llegar al último partido compartiendo la punta. 

Ibáñez, Cappa y Maldonado. Vuelta en (U)

Toda esta historia empezó en Madrid. De la mano de Chemo del Solar, el presidente de Universitario, doctor Javier Aspauza, había viajado para contratar a un técnico capaz de encabezar un proyecto que debía terminar devolviéndole al club el prestigio internacional que alguna vez tuvo.

Hablaron con Juan Manuel Lillo, entrenador español que había sido de Chemo en el Salamanca, representante del buen fútbol, pero no estaba dispuesto a la aventura. No conocía el medio sudamericano y prefirió seguir esperando una ocasión en Europa.

Entonces apareció mi nombre y Chemo se comunicó conmigo para establecer una cita con el presidente.

Nos juntamos para comer y hablar de fútbol y del proyecto. Coincidimos en todo. Lo que había que hacer y hasta en los detalles. 

- Una cosa quiero dejar clara, presidente –dije yo casi como una premonición–. Es imposible llevar a cabo este proyecto si no hay un respaldo económico adecuado. Estoy cansado de estar en equipos –especialmente en Argentina– donde todo se viene abajo por la falta del dinero indispensable.

Y expuse mi teoría de que nunca un equipo puede sostener a una institución sino que la cosa es, o debe ser, al revés, para no depender dramáticamente de los resultados inmediatos.

- Quédese tranquilo –me respondió el doctor Aspauza–, yo pienso como usted.

En la primera reunión que tuve con los jugadores, ya en Lima después de las presentaciones y de que yo expusiera el plan de trabajo para la pretemporada, choqué violentamente contra la realidad. 

- Perdone, Ángel, pero nosotros no vamos a ir a ninguna concentración en pretemporada hasta que no nos paguen lo que nos deben –me aclararon los jugadores. 

Ese fue el comienzo de un problema que nunca encontraría solución. En ese momento yo temí la repetición de una historia conocida, pero nunca supuse su fantástico final. 

Reseñar las peripecias que tuvo que pasar el plantel por ese motivo sería interminable. Baste con decir que no hubo dos días seguidos de entrenamiento normales. Reuniones de todo tipo, conflictos permanentes, promesas que nunca se pudieron cumplir, en fin, lo habitual en situaciones como esta que suelen termina con la ilusión de cualquiera.

Inclusive les dije a los periodistas que ese era el camino más directo al fracaso que yo conocía.

Al principio los resultados disimularon en parte el fondo de la cuestión, hasta que tuvimos tres derrotas consecutivas en los tres últimos partidos de la primera vuelta y nos pusimos bastante lejos de los primeros.

Cuando todo estaba a punto de desmoronarse definitivamente, me pareció oportuna una reunión con todo el plantel para tomar una decisión impostergable: seguimos exigiendo lo que nos debían, que ya era mucho y perturbaba indudablemente nuestra dedicación al fútbol, o nos olvidábamos del tema, arreglándonos como pudiéramos, y nos comprometíamos a pelear hasta el final, dentro de la cancha.

Las dos cosas eran incompatibles, como habíamos podido comprobar, porque reclamar permanentemente ante los dirigentes para recibir las mismas respuestas siempre, desgasta demasiado y genera un malestar que altera el estado anímico ideal para jugar al fútbol. 

Decidimos, todos juntos, luchar por el campeonato. Todavía había tiempo. No obstante, seguiríamos reclamando, pero aceptando en la intimidad que no habría una solución inmediata. 

Fue en ese momento cuando el grupo selló definitivamente su gran cohesión interna. 

El Puma Carranza en la segunda final.

Inclusive las críticas que aparecen siempre en las derrotas, y que afectaron principalmente a los jugadores más veteranos, reforzaron aún más la unión y el ánimo del plantel.

Ganamos los tres siguientes partidos y nos pusimos a tres puntos de Alianza, que iba primero, en vísperas del clásico, precisamente. Era la primera gran oportunidad que teníamos para volver a la punta, pero perdimos jugando el peor partido del campeonato. El golpe fue doble. La derrota, por un lado, y la muy mala actuación, por otro. Y nuevamente a seis puntos, faltando solo siete partidos.

Había que ganar todos los partidos que faltaban. No podíamos ni empatar si queríamos mantener opciones al título. Poco después ocurrió lo que, am mi modo de ver, fue el hecho más importante para nuestras aspiraciones. El Nuno Molina envió un telegrama intimando a la entidad a que le pagara la deuda que tenía con él o dejaba de jugar, rescindiendo el contrato de acuerdo con una cláusula que lo advertía. Les daba 48 horas. Sucedió un viernes y el domingo siguiente jugábamos contra Coopsol en Trujillo. El presidente estaba de viaje y ejercía esas funciones el vicepresidente, doctor Luis Galindo, quien esa noche me llamó por teléfono para comunicarme que Molina quedaba desafectado del club en razón del telegrama recibido.

- No te apresures, por favor. Déjame hablar con el Nuno –le pedí.
- Haga usted lo que quiera, pero la decisión ya está tomada –me contestó con tono autoritario, abandonando el tuteo que hasta ese momento manteníamos.

Hablé con el Nuno para saber si cumpliría su amenaza de no jugar en caso de que no le pagaran. Me dijo que no, que solo lo había hecho para presionarlos, pero que él no tenía intención de abandonar el grupo.

A la mañana siguiente, último entrenamiento antes de viajar, Galindo y otros tres dirigentes me llaman a una reunión en una de las oficinas del estadio, junto al Nuno, para comunicarme la resolución de la directiva. Molina les aclara que no pensaba cumplir la intimidación, que solo quería cobrar lo que le debían, pero que iba a jugar hasta el final del torneo de todos modos.

Los dirigentes permanecían firmes en su postura. En medio de la conversación, inesperadamente, aparecieron todos los jugadores y entraron a la reunión, vestidos para entrenar. Les pidieron, les rogaron a los dirigentes que no tomaran esa medida, que los dejaran jugar el partido en paz porque era muy importante para el futuro del equipo, que postergaran la sanción hasta el lunes, esperando la llegada del presidente.

No hubo nada que hacer y el Nuno fue separado del plantel. Pasamos toda la mañana discutiendo, no pudimos entrenar y viajamos a Trujillo en las peores condiciones anímicas. Molina también viajó por su cuenta para acompañar al grupo.

El partido se tomó como un desafío. A esa altura eran demasiados los inconvenientes que había que superar, internos y externos, ya que ocurrían cosas muy difíciles de entender y se sucedían como para no creer fácilmente que fueran obra de la casualidad. Por ejemplo, que en nueve partidos nos expulsaran a un jugador antes de la media hora, o que un árbitro que se cayó al tropezar ligeramente con Chemo del Solar lo echara de la cancha enérgicamente, y después, aunque un video demostrara claramente lo fortuito del choque, le dieran a Chemo un partido de suspensión.

Lo cierto es que ese día ganamos en Trujillo 3 a 0 y cada gol se festejó como un título del mundo. Fue una especie de rebeldía ante todas las injusticias que estábamos aguantando.

Volvimos a Lima más fuertes que nunca. Si no reincorporaban a Molina, habría varias renuncias. Inclusive la mía. El presidente anuló la decisión de la directiva, el Nuno Molina se reintegró y el siguiente partido lo ganamos 1 a 0 con gol suyo, de locales en el Monumental.

Hubo otros hechos que demostraron el alto grado de compromiso colectivo de este plantel. El más significativo fue cuando un domingo, Día de la Madre, después de un triunfo el día anterior, yo programé un entrenamiento porque debíamos jugar el miércoles siguiente. Era voluntario para los que habían jugado más de 45 minutos y asistieron todos, no faltó ninguno, y para entonces ya nos debían más de tres meses.

Otro día regresábamos de Huancayo, donde habíamos jugado a más de 3000 metros de altura ganándole al equipo local y dando un paso decisivo para, al menos, disputar las finales.

Le pregunto a Chemo que viajaba en el avión cerca de mí.
- ¿Sabe lo que en realidad me gustaría, Chemo?
- Lo mismo que a mí, seguramente –me respondió–: llegar a una final con Alianza y ganarles ahí, en la precisa.

Ese era el sentir –además– de todo el plantel, porque con Alianza habíamos perdido los dos clásicos y no queríamos ser campeones con esa deuda pendiente.

Y así fue, salimos campeones después de vencer a Alianza Lima en dos partidos definitorios.

El momento esperado.

Pero nunca la alegría de un título debe de haber durado tan poco. Al día siguiente ya sentíamos una pena enorme, porque sabíamos que ese grupo se rompería por cuestiones económicas. Habíamos llegado al límite del esfuerzo y así no se podía continuar. Estábamos satisfechos, de todos modos. La lucha nos había salvado el orgullo y la dignidad, que no es poco en los tiempos que a uno le toca vivir. Habíamos cumplido el compromiso que asumimos colectivamente sobreponiéndonos a todos los inconvenientes, que fueron muchos y en algunos casos muy difíciles. En todo momento nos mantuvimos juntos. Nunca nadie se sintió más que todos y cada uno aceptó el papel que le tocó: los que fueron titulares, los que sabían que eran sustitutos e inclusive los que no jugaron ni un minuto.

Todos con la misma alegría y predisposición. Por eso el título fue un premio para todos y cada uno de los integrantes del plantel.

En una sociedad que nos presenta la solución individual como la única posible, este grupo de jugadores había dado muestras asombrosas de lo que aún significa la fuerza comunitaria.

Para el periodista argentino Ariel Scher, que escribió sobre el tema, fue “una lección de vida… un regalo del fútbol en medio de todo lo que la realidad quita”.

A mí me quedó una profunda satisfacción, muy parecida a la felicidad, por haber participado en esta historia tan complicada, tan edificante y hermosa que me anima a juzgar fantástica. Fuimos campeones contra todo y contra todos.



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Tomado de:
Cappa, Ángel (2004). ¿Y el fútbol dónde está? Lima: Ediciones PEISA.

Portada del libro de Cappa.
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6 de enero de 2018

Morococha: el destino de un pueblo minero

Morococha es un distrito, ubicado en los Andes peruanos, que se formó por la minería y en el que se extraerán más de mil quinientos millones de toneladas de cobre. Pero el proyecto tiene la oposición de muchos morocochanos. ¿Por qué un distrito minero se opone a la minería?

Morococha.
***

Dieciséis, diecisiete, dieciocho buses… cuenta Máximo Díaz, de los que ve descender a decenas de personas. Han llegado a Morococha, su distrito, el día de la audiencia pública en la que debe aprobarse el Estudio de Impacto Ambiental (EIA) que permitirá explotar a la mina más rica del lugar y que conllevará, inevitablemente, a la reubicación de todos sus habitantes.

La audiencia es en uno de los colegios, a escasos metros de su casa, pero no puede ingresar. Tampoco lo logran el alcalde del distrito, ni muchos otros morocochanos, por el cordón policial que cubre la entrada. Aunque sí lo consiguen hacer los visitantes, las personas que Máximo vio llegar, movilizados por la empresa interesada en la explotación del proyecto. Nota que algunos de los visitantes vivieron, tiempo atrás, en Morococha, cuando fueron trabajadores mineros. Ellos colman la capacidad del local, movidos por la promesa de la casa propia, en un nuevo distrito, que construirá la empresa minera si consigue la aprobación del EIA.

Máximo está en contra del proyecto, pero no de la minería, por las condiciones que les proponen para reubicarse. Por eso acordó, junto a otros morocochanos, votar en contra. Sin embargo, el día de la consulta, el 16 de enero del 2010, la policía los cerca con mallas

¡Morococha no se vende, Morococha se defiende!, gritan, desde afuera. Inevitablemente, los ánimos se exasperan. Caen bombas lacrimógenas. Desorden, humareda, niños llorando, personas corriendo. El humo de las bombas ingresa donde se realiza la consulta, pero esta sigue, hasta la votación a favor del proyecto. 

Meses después, Máximo accedió al documento que decidió, en gran parte, el destino de Morococha, distrito del departamento de Junín, a 140 kilómetros de Lima y ubicado a más de 4,600 metros de altitud. Ese 16 de enero fue un día clave para el futuro de la ciudad: con la aprobación del EIA se permitió, también, su reasentamiento. Para muchos morocochanos significó un punto de inflexión sobre su perspectiva del proyecto: pase lo que pase, no se irían del distrito.

***

El proyecto minero se denomina Toromocho y debe su nombre a un cerro con la forma de un toro sin cuernos, en cuyo interior hay una reserva de 1526 millones de toneladas de minerales, principalmente cobre, además de molibdeno y plata, que explotará la empresa Chinalco por los próximos 30 años. Parte del mineral está por debajo de Morococha, por lo que se debe reubicar a las cerca de mil 200 familias hacia un nuevo distrito, llamado Carhuacoto, que construyó la minera.

Parte del cerro denominado Toromocho.

El reasentamiento, el primero que se realiza en el Perú, se inició en octubre de 2012 y debía culminar, según el EIA que presentó la minera, tres meses después. Sin embargo, a setiembre de 2017, cerca de 50 familias persisten en Morococha, por problemas socioeconómicos y ambientales en el nuevo distrito.

Para convencer del traslado, la empresa negoció con cada uno de los hogares. En líneas generales, se ofreció otorgar una casa en la nueva ciudad, más una compensación y la posibilidad de empleo. De esa forma, se consiguió que muchos se trasladen. 

Además porque, como explica Eduardo Paredes Astuvilca, dirigente morocochano minero, la empresa notó que muchas personas en Morococha eran inquilinos, es decir, personas que llegaban a trabajar en los centros mineros de la zona, por lo que, al ofrecerles una casa, consiguió su apoyo. Así, Paredes narra que Chinalco fue audaz y formó la Asociación de Vivienda de Morococha (AVM), conformada, principalmente, por los inquilinos, que sumaban un promedio de 900 familias y superaban a los cerca de 360 propietarios morocochanos, disconformes con los términos de la negociación. 
- Esas 900 familias nos superaban y cuando había alguna reunión, un referéndum o un taller, ellos mandaban al voto –explica Paredes. 
Máximo, como las otras familias que se niegan a trasladarse, cuestiona que las casas en Carhuacoto son muy pequeñas, de 50 o 60 metros cuadrados (m2) aproximadamente, a diferencia de las que tienen o tenían en Morococha. 
- ¿Nosotros qué hacemos en una casa chiquita con tres, cuatro o cinco hijos? –afirma Máximo y recuerda que el EIA señala que se repondría una casa igual o mejor, a un precio justo.
Por ello cuestionan los US$ 9 por metro cuadrado que les ofrecían por comprarles su casa, ya que les sería imposible conseguir un predio en otro lugar, como en Lima, en donde el precio del metro cuadrado, en promedio, asciende a S/. 2.642 (más de US$ 800). 

Paredes Astuvilca recuerda que la sensación general, al iniciarse el traslado, que salió en noticieros y diarios, fue la de un reasentamiento exitoso. “No han impuesto y ahí está el resultado”, sostiene. El resultado son las familias que se resisten a dejar Morococha; en tanto que para las que se fueron a Carhuacoto, son otros los problemas. 

En la actualidad, Morococha parece una zona bombardeada por algún ataque terrorista. Las casas en pie, de las familias que quedan, se intercalan con las que han sido derrumbadas, de las familias que se fueron, y que la mina destruyó y donde colocó letreros con: “Prohibido el ingreso”. De esa destrucción se documenta en varios videos en Youtube, en los que algunas personas denuncian, entre lágrimas, que derribaron sus casas, sin su permiso, con sus enseres adentro.

El pasado de la zona donde se ubica Morococha siempre fue minero, inclusive desde antes del siglo XVIII. Pero es hasta 1905, cuando la empresa Cerro de Pasco Mining Corporation toma el control de Morococha, cuya palabra es la unión de dos términos quechuas que significan “laguna de colores”. Es justamente a partir de esa laguna que se fue formando el distrito con el desarrollo de la minería y la llegada de trabajadores.

Luego, en 1973, durante el gobierno militar de Juan Velasco Alvarado, se nacionalizó a Cerro de Pasco y se constituyó a CentroMin Perú. Posteriormente, en junio del 2003, se otorgó los activos de la empresa estatal a Minera Perú Copper (MPC). Y, en agosto de 2007, Chinalco adquirió el 100% de las acciones de Perú Cooper Inc., dueña de MPC, por más de 850 millones de dólares.

El proyecto Toromocho inició sus actividades en diciembre de 2013. Entonces, el Banco Central de Reserva del Perú calculó que la mina demandaría una inversión total de más de US$ 4.800 millones, con lo que se incrementaría en 10% la producción peruana de cobre. Además, con Toromocho, más otros tres megaproyectos cupríferos, el Perú es el segundo país productor de cobre a nivel mundial, solo superado por Chile. 

Minera Chinalco Perú es una empresa estatal china, subsidiaria de Aluminum Corporation of China, una de las mineras más grandes de ese país. Toromocho producirá anualmente un millón de toneladas de concentrado de cobre, 10 mil toneladas de óxido de molibdeno y 4 millones de onzas de plata. La empresa también estimó que durante la vida de la mina, considerando US$3 como precio del cobre se obtendrán US$7.600 millones por concepto de impuesto a la renta y US$3.800 millones por canon minero.

Si se mira todo el bosque, la llegada de Chinalco al Perú se realizó en el marco de la estrategia de salida al exterior emprendida por las compañías chinas, que, desde hace un tiempo, compran materias primas en todo el mundo, sobre en Sudamérica. Huang Shanfu, presidente de Chinalco Perú, reconoció en el canal CCTV en Español, en noviembre de 2016, que durante seis años pusieron “un empeño incansable” para adquirir la mina de cobre, ya que el mineral es escaso en China. Shanfu agregó que el Gobierno peruano mantiene una sincera voluntad de atraer a las empresas chinas para que realicen inversiones. Por ello, China ya es el principal socio comercial del Perú.

Para el Perú, en tanto, la minería es una actividad que genera la mayor parte del crecimiento del PBI y un importante contribuyente del impuesto a la renta. Pero también produce pasivos ambientales y genera conflictos, lo que acarrea en muchos muertos. Quizá por eso hay pocas luces sobre Morococha: no hay muertos a causa del conflicto. La atención de Lima es casi nula: para la prensa y las autoridades, cuando se han referido al caso, se trata de un intento novedoso de resolver los conflictos sociales que ocasiona la minería.

***
Lo que queda en pie en Morococha

Ollanta Humala, como presidente del Perú, quiso llegar a Morococha en helicóptero, el 10 de diciembre de 2013, cuando Chinalco lo invitó para el inicio de las operaciones de Toromocho. Pero por las condiciones del terreno tuvo que aterrizar en La Oroya, a unos 30 minutos de ahí. Luego, en su discurso, Humala celebró que con ese proyecto el Perú se consolidaba como una potencia minera y añadió que, como Gobierno, promovían una minería responsable, que pone lo social por delante, por lo que, tener un nuevo pueblo es importante, en referencia al reasentamiento. Pero su salida, con dirección a Lima, no fue tan sencilla. A pocos metros de llegar a la carretera, lo esperaban Máximo y otros morocochanos
- Señor presidente, estamos de acuerdo con el proyecto, pero queremos que usted canalice un diálogo con la empresa –le dijo uno de los presentes.
- Nosotros vamos a ver que canalicen sus derechos. Entiendo que la empresa quiere dialogar con ustedes. ¿Quién es el dirigente? –habló Humala.
- Yo, señor –se presentó Máximo Díaz y añadió: Señor presidente, estamos pidiendo que la empresa cumpla con el Estudio de Impacto Ambiental, en el campo de reposición…
- Pero en donde están ustedes viviendo abajo es mejor que las casas de acá–le respondió Humala, al referirse a Carhuacoto.
- Es muy chiquito, papá lindo –dijo alguien.
- Eso es una ratonera. Quisiéramos que nos repongan igualito a nuestros terrenos. Y listo, apoyamos a la mina –le explicó Máximo.
- Ayaya… bien, entonces vamos a conversar. Te voy a invitar a Lima, a Palacio de Gobierno –le indicó Humala y le pidió a una de sus asistentes que tome nombres y números telefónicos de varias personas, entre ellas de Máximo.
- De acá a tres semanas te estoy llamando –añadió Humala, antes de subirse a su vehículo.
Máximo, ahora, asiente: “¿Llamar? Se hizo humo. Ya terminó su periodo y se largó. Y hasta hoy han venido cuántos maltratos”. Él es presidente del Frente de Defensa de Morococha. Alterna sus días entre su carpintería y la denuncia al Estado peruano por los abusos e incumplimientos, como cuando les cortaron el servicio eléctrico, en febrero de 2014, como parte de la reubicación.

Pese a todo, él, quien ha vivido más de 50 años en Morococha, reitera que no son antimineros, pero es firme al señalar que persistirá. “Que procedan como gusten, que nos maten, no hay ningún problema, yo no tengo miedo”, asevera. Indica que sobrevivirán hasta que se reconozcan sus derechos. En tanto, esperan la voluntad de Dios.

La mina y la ciudad destruida.

***

Morococha estuvo en estado de emergencia durante 180 días, en el 2013. Sucedió en el contexto del traslado violento de las escuelas y la resistencia de muchas familias. César Reyna, asesor externo de la Municipalidad de Morococha, afirma que el Gobierno promulgó los tres decretos supremos que declaraban la emergencia para dotar de base legal al reasentamiento. 

En los decretos se señala que la zona de Morococha se encuentra expuesta a movimientos en masa, la existencia de galerías subterráneas debajo de la ciudad, así como ser una zona de sismicidad alta; lo que convierte a la localidad en un lugar de alto riesgo, por lo que se dispone la inmediata reubicación de la población. Máximo cree que los estados de emergencia fueron solo para sacarlos. 
- Solamente la población estamos en emergencia y tienen que retirarse. Mientras que Chinalco está trabajando amplio, con toda su gente –cuestiona. 
Sin embargo, sí existen dudas entre los morocochanos, en cuanto a la seguridad, pero en Carhuacoto. Reyna afirma que cuando se presentó a Carhuacoto como opción para el traslado no se mencionaron los problemas que tenía. Pues, solo cuando consiguió un anexo del EIA, en el Ministerio de Energía y Minas, se conoció que la presencia de arsénico y plomo, entre otros metales, por encima de los límites máximos permisibles, en el suelo donde está Carhuacoto. Pero, hasta entonces, nadie sabía de ello. 

A ello se suma que Carhuacoto es un lugar vulnerable en caso de terremoto. Ello porque se encuentra 200 metros por debajo de una laguna relavera que, si llegara a desbordarse, por la precariedad de los diques de contención, inundaría el lugar. Asimismo, la ciudad ha sido construida sobre un bofedal desecado, por lo que el distrito tiene alta tasa de humedad, que ocasiona que ventanas y paredes amanezcan mojadas aun cuando no haya llovido, lo que también genera que el terreno sea muy inestable, razón por la cual el helicóptero que movilizó a Humala no pudo aterrizar ahí. La humedad, sobre todo, perjudica la salud de las personas.

Carhuacoto

***

En las mañanas, Javier, una de las personas que sí se trasladó a Carhuacoto, y quien prefirió guardar su identidad, deja a su hijo en el colegio Horacio Zeballos. Ahí, en una de las reuniones, el director les dijo que la población estudiantil en Carhuacoto era cercana a los 300 estudiantes, a diferencia de Morococha donde eran 600 alumnos.

Específicamente, el índice de escolaridad en ese colegio descendió de 578 alumnos en 2012, cuando se inicia el reasentamiento, a 486, el 2015. La deserción escolar es una de las consecuencias del problema mayor del traslado: el escaso movimiento económico en Carhuacoto, donde el mercado, a las ocho de la mañana, parece una oficina durante un feriado. Ello se generó porque Chinalco incumplió otro punto de su EIA, según el cual se comprometía a ubicar su campamento en la misma área de Carhuacoto, para que los trabajadores puedan generar un consumo de bienes y servicios que ayude a dinamizar la economía. Reyna cree que eso no se cumplió porque la empresa evita vincularse con la población, para no exponerse a protestas o paros, por lo que prefieren tener trabajadores de otras zonas, que cuando terminen sus jornadas regresen a sus lugares de origen. En total, estima que solo el 10% de trabajadores en Toromocho son morocochanos. 

Por ello, según el “Mapa de Pobreza Provincial y Distrital 2009” del INEI, antes del reasentamiento, Morococha registró 45,2% de pobres. Luego del reasentamiento, la cifra, según el mismo INEI, en 2014, asciende a 54,8%: la pobreza se incrementó en pocos años en 9.6%. 
- Carhuacoto tiene pistas, agua, desagüe, pero no hay de qué vivir. La gente está migrando a otros sitios –afirma Eduardo Paredes. 
Ello hizo del distrito un lugar donde no hay puestos de periódicos, ni cementerio, pero sí hay HBO. En su mayoría, las casas, como las calles, parecen desocupadas. En similitud a lo que se percibe en Morococha: dos pueblos con la misma sangre y aspecto. 

Pero en Carhuacoto, todas las casas son iguales, como un cuartel, lo que le da la sensación de un rectángulo esquematizado, sin la espontaneidad característica de los pueblos del ande peruano. Ello, humanamente, aumenta el frío en un distrito cubierto por cumbres nevadas. 

En Morococha, en tanto, otros son los problemas. Con temperaturas heladas casi todo el año, las 50 familias que están ahí no cuentan con escuelas, ni centros de salud y tienen que padecer la contaminación que originan las explosiones: el aire que respiran está cargado con relave minero.

Cuando los camiones pasan por estas pistas, levantan polvo que contiene minerales y que respiran los morocochanos.

Reyna propone que debería hacerse un estudio socioeconómico y otro de riesgos para evaluar si los metales pesados del subsuelo están interactuando con la población. Por ahora, él, junto a autoridades, grupos sociales y la empresa, participan en mesas de diálogo, con la intención de lograr un Convenio Marco, que establezca las responsabilidades de la mina. 

Sin embargo, Manuel Martínez, gerente municipal de Morococha, denuncia que la empresa viene demorando el proceso. 
- Los americanos, cuando estaban acá, eran bonachones. Pero los chinos no te regalan ni un alfiler. El convenio está a su voluntad –comenta.  
Para realizar esta crónica se pidió contactar con un representante de Chinalco, pero no se obtuvo respuesta. 

Jorge Amaru piensa en Pedro Páramo, la novela de Juan Rulfo, cuando imagina cómo será cuando, en unos años, vuelva a Morococha. Recuerda que en la novela, Juan Preciado busca a Comala, su pueblo, pero lo encuentra deshabitado, lleno de fantasmas…  

En 2012, cuando regresó a Morococha, encontró viviendas sin vida. Él se fue en 1982, tras vivir mucho tiempo ahí. Años después, cuando se enteró que iban a destruirla, se puso a pensar si había otra solución. Si realmente la minería exige eso, no queda de otra, concluyó. Pero piensa que la situación en Carhuacoto pudo haber sido distinta si la empresa le daba otro enfoque a su relación con el pueblo, como sucedía antes, cuando el trabajador tenía su vivienda cerca del pueblo. “Porque a un pueblo le dan vida sus habitantes”, sentencia.

Morococha, 2017.



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